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Con Sello Patagónico | PATAGONIA | Jueves 29 de abril de 2021
Third slide

Martín Lemuñir es una leyenda en los Andes

Hay que viajar una hora desde San Martín de los Andes, pasar el puente del río Chimehuín, bordear el lago Huechulaufquen y llegar a Puerto Canoa. Aún faltan cinco kilómetros por agua para llegar allí donde casi nadie llega. Al margen sur del lago, frente al volcán Lanín, donde habita Martín Lemuñir.


Fotos: Federico Soto / La Nación

El hombre conocido, la leyenda del Huechulaufquen, es un anciano longevo. Algunos de sus vecinos aseguran que tiene 106. Otros 115. El sólo tiene la certeza de que nació el 10 de agosto.

“Me anotaron en 1933, eso dice mi documento. Pero es imposible que haya nacido entonces. En 1943 estuve en el Servicio Militar. Y no tenía diez años” afirma.

“Yo recuerdo bien cuando construyeron el puente del río Chimehuín, en 1922”, asegura antes de relatar cómo eran los cimientos del puente que ahora cruje en el paso obligado a Puerto Canoa. “Tengo más de cien seguro”, sentencia.

El puente de madera sobre el curso de agua verde es una estructura colgante sobre cimientos de cemento. Es el paso obligado para llegar a las playas del lago Huechulaufquen en vehículo a motor. La playa donde esta el puerto es un paraje inhóspito, de arena blanca y piedras. A cinco kilómetros por agua recién se alcanza la orilla del margen sur donde habita Martín, del otro lado del lago cristalino.


El hombre sonríe con el rostro entero cuando recibe visitas. Sus ojos se achican y su boca se expande en un gesto cordial de bienvenida. Su piel es un pergamino. Su pelo, blanco ceniza. Pero su cuerpo parece no registrar el paso del tiempo. Anda a caballo, monta sin ayuda, camina y recorre el campo del paraje El Contra, aún cuando nieva.

Sólo lamenta que hace dos años dejó de remar la canoa que lo transportaba a la orilla de Puerto Canoa. Remaba dos horas, los días sin viento. Ocho horas cuando el viento Puelche se negaba a dejarlo llegar a la orilla. El viento que sopla desde la cordillera hacia el valle sopla seguido y encrespa la quietud del lago con olas que hacen difícil cruzar, pero Martín no teme quedar aislado en el margen sur.


Ahora cuando quiere volver a la civilización hace luces con un espejo. Es un espejo pequeño que hace reflejo en el margen opuesto del lago. Pasa horas dando la señal.

Entonces lo rescata Prefectura. O Parques Nacionales. O un amigo, Ángel, que cruza en su paso para la excursión de Paimún al Límite.

Todos lo conocen en el puerto. Le avisan si falleció uno de sus trece hermanos. O cuando alguno de ellos está enfermo. El más chico de los trece de vez en cuando lo visita.

El sale poco. Cada tres meses cruza a hacer compras. En el comienzo del invierno lleva víveres. Un saco de harina, verduras. Sal para conservar la carne cuando faena. Grasa no compra, la toma de los mismos animales que lo alimentan. Ya toma poco vino, pero aún algo de cerveza.

Come carne deshidratada conservada con sal, fiel a la costumbre ancestral del charqui, y amasa tortas fritas. También hace estofado. Y guisos. Por la mañana y por la tarde toma mate y unas tostadas de pan casero, que más parece una tortilla.

Toda una vida en el lago

El lago es su casa. Se siente cómodo aquí, en este rincón inhóspito del planeta. Cuando está en Junín avisa: “Ya me voy para el lago”. Así se refiere su hogar pegado al Huechulafquen, un rancho de madera de raulí que muy pocos visitan.

Gran parte de su vida transcurrió en el margen sur del lago. Nació y se crió a pocos kilómetros de su rancho, en la comunidad Lafquenche. Pero salió del margen sur en sus años más joven y viajó a Junín de los Andes, a San Martín, Bariloche y a Esquel para trabajar.

No fue a la escuela. Su instrucción fue el servicio militar. Hizo pozos y asfalto para construir caminos. Cortó cañas para abrir parques. Y trabajó como balsero para transportar madera.

Martín no teme cruzar el lago, aún cuando las olas encrespan las aguas azules y cristalinas. Tampoco tiene miedo a la pandemia. No tiene miedo a la muerte. Su abuela falleció a los 125, asegura, de modo que él es optimista.

“Yo casi morí tres veces”, dice como si se tratara de una trampa del destino que acostumbra sortear.

Entonces relata que a lo largo de su vida, recibió una puñalada por mal de amores. Recibió también un tiro por desacuerdo de hombres. Y varias punzadas de cortaplumas.

“Pensaba morir en el lago”, sostiene al recordar una vez que se le rompió el bote. Se averió con una astilla cuando cruzaba cargado con madera. Entonces simplemente sacó agua y remó hasta llegar a la orilla. “Hay que se buen marinero”, afirma como cualidad básica para supervivencia.

Allí donde vive, se registran hasta 10 grados bajo cero en invierno. El sólo tiene su cocina para templar el rancho que ya se le incendió una vez. Confía y agradece que está vivo. Todo lo demás es historia.

Por: María José Lucesole / La Nación 

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